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Acerca de la meditación? Sientate silenciosamente...

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'Sentado, en silencio,
sin nada que hacer,
llega la primavera
y la hierba crece sola'.


Pregunta: Se nos machaca constantemente con el aforismo: “No te quedes ahí parado, ¡haz algo!”. Por otro lado, Buda diría: “No te quedes ahí haciendo algo, ¡detente!”. El hombre inconsciente reacciona, mientras que el hombre sabio contempla. ¿Qué pasa entonces con la espontaneidad? ¿Es la espontaneidad compatible con la contemplación?

Buda dice ciertamente: “No te quedes ahí haciendo algo, ¡detente!”, pero éste es sólo el comienzo del peregrinaje, no el final. Cuando has aprendido a detenerte, cuando has aprendido a estar profundamente en silencio, inmóvil, imperturbable, cuando sabes como sentarte simplemente... sentado en silencio, sin nada que hacer, llega la primavera y la hierba crece sola. Pero la hierba crece, ¡recuérdalo! La acción no desaparece: la hierba crece sola. El Buda no se vuelve inactivo; a través de él se produce mucha acción aunque no exista más un hacedor. El hacedor desaparece, la acción continúa. Y, cuando no hay hacedor, el hacer es espontáneo; no puede ser de otra manera. Es el hacedor el que no permite la espontaneidad.

El hacedor es lo mismo que el ego; el ego es lo mismo que el pasado,

Cuando tú actúas, actúas siempre mediante el pasado, actúas a partir de las experiencias que has acumulado, actúas a partir de las conclusiones a las que has llegado en el pasado. ¿Cómo puedes ser espontáneo?

El pasado domina, y debido al pasado no puedes ver el presente siquiera. Tus ojos están tan llenos con el pasado, el humo del pasado es tal, que ver es imposible. ¡Tú no puedes ver! Estás casi completamente ciego; ciego por el humo, ciego por las conclusiones del pasado, ciego debido al conocimiento.

El hombre instruido es el hombre más ciego del mundo, porque actúa a partir de su conocimiento, no ve cuál es la situación. Simplemente continúa funcionando mecánicamente. Ha aprendido algo; aquello se ha convertido en un mecanismo conveniente para él... actúa a partir de ello.

Existe un relato famoso:

Había dos templos en Japón, uno enemigo del otro, como siempre han sido los templos a lo largo del tiempo. Había tal antagonismo entre los sacerdotes, que incluso habían dejado de mirarse el uno al otro. Si se cruzaban por el camino, no se miraban el uno al otro. Si se cruzaban por el camino dejaban de hablar; durante siglos esos dos templos y sus sacerdotes no se habían hablado.

Pero, los dos sacerdotes tenían dos niños pequeños que los servían, simplemente en la organización de la casa. Los dos sacerdotes temían que los niños, después de todo, fueran niños y empezaran a hacerse amigos.

Uno de los sacerdotes dijo a su niño: “Recuerda, el otro templo es nuestro enemigo. ¡Nunca hables con el niño del otro templo! Es gente peligrosa; evítalos como si fueran una enfermedad, como si fueran una plaga. ¡Evítalos!”.

El niño estaba siempre interesado, porque solía cansarse de escuchar los grandes sermones; no podía entenderlos. Se leían escrituras extrañas, él no podía entender el lenguaje. Se discutían grandes problemas, los más importantes. No había nadie con quien jugar, nadie con quien hablar. Así que cuando se le dijo: “No hables con el niño del otro templo”, le entró una gran tentación.

Así es como aparece la tentación. Ese día no pudo evitar el hablar con el otro niño. Cuando lo vio por el camino le preguntó: “¿Para dónde vas?”. El otro niño era un poquito filosófico; escuchando gran filosofía se había vuelto filosófico. Dijo: “¿Ir?”. ¡No hay nadie que vaya y venga! Está sucediendo; donde el viento me lleva...”. Él había escuchado decir al maestro que así es como vive un buda, como una hoja muerta: a donde la lleva el viento va ella. El niño dijo entonces: “¡Yo no soy! No hay un hacedor. ¿Entonces cómo puedo ir? ¿De qué tonterías hablas? Soy una hoja muerta. A donde el viento me lleve...”.

El otro chico se quedó completamente mudo. Ni siquiera pudo responder. No pudo encontrar nada que decir. Estaba completamente turbado, avergonzado y también pensó: “Mi maestro tenía razón al no hablar con esta gente; ¡son peligrosos! ¿Qué clase de conversación es ésta? Le he hecho una pregunta simple: ¿Adónde vas? En realidad ya sabía a donde iba, porque ambos estábamos yendo a comprar vegetales al mercado. Una simple respuesta hubiera bastado”.

Regresó y le dijo a su maestro: “Lo siento, perdóneme. Usted me lo prohibió y yo no le escuché. En realidad, debido a su prohibición tuve la tentación. Ésta es la primera vez que hablo a esa gente tan peligrosa. Sólo hice una pregunta muy simple: ‘¿Adónde vas?’ Y él empezó a decir cosas extrañas: ‘No hay un ir ni un venir. ¿Quién viene? ¿Quién va? Soy un profundo vacío’, decía, ‘Simplemente una hoja muerta con el viento. Y a donde el viento me lleve’...”

El maestro le dijo: “¡Ya te lo había dicho! Ahora, mañana, quédate en el mismo lugar y cuando él venga vuelve a preguntarle: ‘¿A dónde vas?’ Y cuando él diga esas cosas tú le respondes simplemente: ‘Es verdad. Tú eres una hoja muerta, yo también. Pero, cuando el viento no sopla, ¿a dónde vas? ¿A dónde puedes ir entonces?’ Di eso simplemente y él se quedará confundido; además se tiene que quedar confundido, se tiene que quedar derrotado. Hemos estado peleando constantemente y esa gente no ha sido capaz de derrotarnos en ningún debate. Así que mañana ¡se tiene que hacer eso!”

El niño se levantó temprano, preparó su respuesta, la repitió muchas veces antes de ir. Luego se detuvo en el lugar donde el otro niño solía cruzar el camino, repitiendo una y otra vez, preparándose, y luego lo vio venir. Le dijo: “¡Ahora sí!”

El niño se acercó. Le preguntó: “¿Adónde vas?” Y se quedó esperando a que viniera la oportunidad...

7 Pero el otro dijo: “A donde me lleven las piernas...”. ¡Ninguna mención del viento! ¡Ninguna charla sobre la nada! ¡Nada relacionado con el no hacedor! ¿Qué hacer ahora? Toda su respuesta preparada de antemano parecía absurda. Ahora, hablar del viento parecía irrelevante.

Otro desconsuelo; ahora estaba realmente avergonzado de ser simplemente estúpido-“este chico sabe en realidad cosas extrañas; ahora dice: ‘donde me lleven las piernas’....”

Regresó donde el maestro. El maestro le dijo: “ Te he dicho que no hables con esa gente; ¡son peligrosos! En esto tenemos una experiencia de siglos. Pero, ahora se tiene que hacer algo. Así que mañana le preguntas nuevamente: ‘¿Adónde vas?’ y cuando diga: ‘donde me lleven las piernas’, dile: ‘ ¿Y si no tuvieras piernas, entonces...?’. Se le tiene que silenciar de cualquier manera!”

Así que al día siguiente él volvió a preguntar: “¿Adónde vas?” y esperó. Y el niño dijo:“Voy al mercado a comprar vegetales”.

El hombre actúa ordinariamente a partir del pasado, y la vida sigue cambiando.

La vida no está obligada a ajustarse a tus conclusiones. Por eso es tan confusa, confusa para la persona instruida. Ella tiene las respuestas preparadas: El Bhagavadgita, la Biblia, los Vedas. Lo tiene todo organizado, conoce todas las respuestas. Pero la vida nunca hace la misma pregunta otra vez; en consecuencia la persona instruida siempre se queda corta.

Buda dice ciertamente: Aprende a sentarte en silencio. Eso no significa que él diga: Continúa sentándote para siempre. Él no está diciendo que tengas que volverte inactivo; por el contrario: es sólo a partir del silencio que surge la acción. Si no eres silencioso, si no sabes cómo sentarte en silencio, o cómo estar quieto en profunda meditación, lo que sigues haciendo es reacción, en cambio de acción. Tú reaccionas.

Alguien te insulta, aprieta un botón, y tú reaccionas. Te enojas, te le echas encima; ¿y le llamas acción a esto? Esto no es acción, anótalo, esto es reacción. Él es el manipulador y tú eres el manipulado. Él ha apretado un botón y tú has funcionado como una máquina.

De la misma manera que al apretar tú un botón se pone la luz, y aprietas el botón y la luz se apaga, eso es lo que la gente sigue haciendo contigo. Te encienden y te apagan.

Alguien viene y te alaba y te sube el ego, y te sientes muy bien, y luego viene alguien y te pincha, y tú te quedas simplemente estirado en el suelo. Tú no eres tu propio maestro: cualquiera puede insultarte y hacer que te pongas triste, o enojado, o irritado, o preocupado, o violento, o loco. Y cualquiera puede alabarte y hacerte sentir en las alturas, hacerte sentir que eres el más grande, que Alejandro el Grande no fue nada comparado contigo.

Actúas así siguiendo las manipulaciones de otros. Esta no es acción real.

Buda pasaba por un poblado y la gente vino a insultarlo. Y utilizaban las palabras insultantes que podían, todas las palabras de cuatro letras que conocían. Buda se detuvo, escuchó en silencio, muy atentamente, y luego dijo: “Gracias por venir a mi pero tengo prisa. Tengo que llegar al próximo poblado, la gente espera allí por mí. Hoy no puedo dedicaros más tiempo, pero mañana regresando tendré más tiempo. Podéis reuniros otra vez, y mañana, si todavía queda algo que quisierais decirme y no habéis podido hacerlo, me lo podéis decir. Pero, por el día de hoy, excusadme”.

La gente no acababa de creérselo: este hombre se ha quedado completamente inafectado, imperturbable. Uno de ellos preguntó: “¿Es que no nos has escuchado? Hemos estado insultándote como nunca, ¡y tú ni siquiera has respondido!”.

Buda dijo: “Si queríais una respuesta entonces habéis llegado muy tarde. Debíais haber venido hace diez años, entonces os habría respondido. Pero durante estos diez años he dejado de estar manipulado por otros. He dejado de ser un esclavo, soy mi propio maestro. Actúo de acuerdo conmigo mismo, no de acuerdo con alguien más. Actúo de acuerdo con mis necesidades internas.

No me podéis forzar a hacer nada. Está perfectamente bien que hayáis querido insultarme, ¡me insultasteis! Podéis sentiros satisfechos. Habéis hecho vuestro trabajo perfectamente bien. Pero, en lo que a mí respecta, no asumo vuestros insultos, y, a menos que los asuma, no tienen sentido”.

Cuando alguien te insulta, te conviertes en un receptor, tienes que aceptar lo que te dicen; sólo entonces puedes reaccionar. Pero si no lo aceptas, si permaneces simplemente alejado, si mantienes la distancia, si permaneces tranquilo, ¿qué puede hacer el otro?

Buda dijo: “Alguien puede tirar una tea ardiendo al río. Permanecerá ardiendo hasta que toque el río. Cuando caiga en el río, todo el fuego desaparecerá, el río lo enfría. Yo me he convertido en un río. Tú me tiras insultos: Ellos son como el fuego cuando los tiras, pero en el momento que llegan a mí, en mi frescura su fuego se pierde. Ya no hacen daño. Tú tiras espinas; al caer en mi silencio se convierten en flores. Yo actúo siguiendo mi propia naturaleza intrínseca”.

Esto es espontaneidad. El hombre consciente, comprensivo actúa. El hombre que es desatento, inconsciente, mecánico, como un robot, reacciona.

Tú me preguntas: “El hombre inconsciente reacciona, mientras el hombre sabio contempla”. No solamente contempla, la contemplación es un aspecto de su ser. El no actúa sin contemplar. Pero no malentiendas a Buda.

Los budas siempre han sido malentendidos.

Tú no eres el primero en malentender. Todo este país ha estado malentendiendo al Buda, de ahí que se haya vuelto inactivo. Pensando que todos los grandes maestros dicen: “Siéntate en silencio”, el país se ha vuelto muy perezoso, miserable; el país ha perdido energía, vitalidad, vida. Se ha vuelto profundamente apagado, sin inteligencia, porque la inteligencia sólo se agudiza cuando actúas.

Y, cuando actúas momento a momento, con tu consciencia y tu vigilancia, surge una gran inteligencia. Empiezas a brillar, a irradiar, te vuelves luminoso. Pero esto sucede por medio de dos cosas: la contemplación y la acción que surge de esa contemplación. Si la contemplación se vuelve inacción, estás cometiendo suicidio. La contemplación tendría que llevarte a la acción, a una nueva clase de acción; una nueva cualidad acompaña a la acción.

Tú observas, estás profundamente quieto y silencioso. Ves cuál es la situación y, respondes a partir de esa visión. El hombre de atención responde, es responsable, ¡ literalmente! Él da una respuesta, no reacciona. Su acción nace de su conciencia, no de tu manipulación; ésa es la diferencia. Por tanto, no se trata de que haya una incompatibilidad entre la contemplación y la espontaneidad. La contemplación es el comienzo de la espontaneidad, la espontaneidad es la implementación de la contemplación.

El verdadero hombre de comprensión actúa, actúa tremendamente, actúa totalmente, pero actúa en el momento, movido por su conciencia.

Es como un espejo. El hombre ordinario, el hombre inconsciente, no es como un espejo, es como una placa.

¿Cuál es la diferencia entre un espejo y una placa? La placa, una vez impresionada se vuelve inútil. Recibe la impresión, queda impresa, lleva consigo la imagen. Pero, recuerda, la imagen no es la realidad; la realidad continúa creciendo.

Tú puedes ir al jardín y tomar una foto de un rosal. Mañana la foto será la misma. Vuelve otra vez a ver el rosal: no es el mismo. Las rosas han desaparecido, o nuevas rosas han llegado. Han ocurrido mil cosas.

Se dice que una vez un filósofo realista fue a ver a un pintor famoso, Picasso. El filósofo creía en el realismo y vino a criticar a Picasso porque sus pinturas son abstractas, no son realistas. No describen la realidad como es. Al contrario, son simbólicas, tienen una dimensión totalmente diferente, usan simbolismos. El realista dijo: “No me gustan sus pinturas. Una pintura tendría que ser real. Si pintas a mi esposa, entonces tu pintura tendría que parecerse a ella”. Y, cogió una foto de su esposa y dijo: “¡Mira esta foto! La pintura tendría que ser como ésta”. Picasso miró la fotografía y dijo: “¿Es ésta su esposa?”. Él respondió: “¡Sí, ésa es mi esposa!”. Picasso dijo: “¡Me sorprende!. Ella es muy pequeña y plana”.

¡La foto no puede ser la esposa!

También se cuenta este relato:
Una bella mujer se acercó a Picasso y le dijo: “Precisamente el otro día vi tu auto retrato en la casa de un amigo. Era muy hermoso; me quedé tan impresionada, casi hipnotizada, que abracé la pintura y la besé”. Picasso respondió: “¿De verdad?”. ¿Y que hizo luego la pintura contigo? ¿Te devolvió el beso?”. La mujer dijo: “¿Estás loco? La pintura no me devolvió el beso”. Picasso dijo: “Entonces no era yo”.

Una pintura es una cosa muerta. La cámara, la placa atrapa sólo un fenómeno estático, y la vida no es nunca estática, sigue cambiando. Tu mente funciona como una cámara, sigue recogiendo fotos, es un álbum. Y, luego, tú continúas reaccionando con ellas. En consecuencia, no vas con la verdad de la vida, porque hagas lo que hagas es erróneo; hagas lo que hagas, digo, es erróneo. Nunca encaja.

Una mujer enseñaba el álbum de la familia a su hijo, y se encontraron con
na foto de un hombre hermoso: tenía el cabello largo, barba, muy joven, muy vital. El chico preguntó: “Mamá, ¿quién es este hombre?”. Y la mujer respondió: “¿Es que no lo reconoces? ¡Es tu papá!”. El chico se quedó desconcertado y dijo: “Si éste es mi papá, ¿quién es ese hombre calvo que vive con nosotros?”.

La pintura es estática. Permanece como es, nunca cambia. La mente inconsciente funciona como una cámara, funciona como una placa. La mente observadora, la mente meditativa funciona como un espejo. No coge impresiones, se mantiene profundamente vacía, siempre vacía.

Por tanto, todo lo que se pone frente al espejo queda reflejado. Si te paras frente a un espejo, éste te refleja. Si te vas no digas que el espejo te traiciona. El espejo es simplemente un espejo. Cuando te vas, no te refleja más, no tiene obligación de reflejarte más. Ahora, alguien más está frente a él, refleja a alguien más. Si no hay nadie, no refleja a nadie. Siempre está con la verdad de la vida. La placa fotográfica no está nunca con la verdad de la vida. Aunque tu foto se tome ahora mismo, cuando llegue el momento para el fotógrafo de sacarla de la cámara, ¡ya no serás el mismo! Mucha agua habrá corrido por el Ganges. Has crecido, cambiado, has envejecido. Posiblemente haya pasado sólo un minuto, pero un minuto puede ser mucho; ¡puede que mueras! Sólo un minuto antes estabas vivo; pasado un minuto puedes estar muerto. La foto no morirá nunca.

Pero en el espejo, si estás vivo, tú estás vivo; si estás muerto, estás muerto. Buda dice: Aprende a sentarte en silencio; convierte en un espejo. El silencio hace de tu conciencia un espejo, y entonces funcionas momento a momento. Reflejas la vida. No llevas un álbum dentro de tu cabeza. Entonces tus ojos son claros e inocentes, tienes claridad, tienes visión, y nunca eres incorrecto en la vida. Éste es el vivir auténtico.


Osho: The Dhammapada: The Way of the Buddha, Vol 2, capítulo 10

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