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VIDA

He oído...
Sucedió una vez que un joven, perteneciente a una familia muy rica y aristocrática, se presentó ante un maestro zen. Aquél había conocido todo, había cedido a toda clase de deseos, tenía suficiente dinero; de modo que ése no era el problema. Pero se había hartado: hartado de sexo, hartado de las mujeres, hartado del vino. Acudió al maestro zen. 'Estoy ya harto del mundo. ¿Hay alguna forma de conocerme a mí mismo, de saber quién soy yo?' le dijo.

Pero antes de que digas nada, deja que te cuente algo respecto a mí. Soy muy indeciso y no soy capaz de perseverar en nada durante mucho tiempo, de modo que si me das una técnica o me dices que medite, puede que lo haga durante unos días y luego me escape, aun a sabiendas de que en el mundo no hay nada, aun sabiendo que sólo la miseria y la muerte me aguardan. Pero así es mi mente. No soy perseverante, no puedo persistir en nada. Por esto, antes de que elijas algo, recuerda lo que te he dicho.

El maestro le dijo: 'Entonces, si no tienes persistencia, te resultará muy difícil, porque es necesario un gran esfuerzo para deshacer todo lo que has hecho en el pasado. Has de hacer el camino a la inversa. Es una regresión. Tienes que regresar al momento en que naciste, fresco y joven. Tendrás que recuperar de nuevo esa frescura. Tendrás que ir hacia atrás y no hacia delante para volverte de nuevo un niño. Pero si dices que no eres persistente y que al cabo de unos días escaparás, te será difícil. No obstante, deja que te haga una pregunta: ¿Te has interesado alguna vez algo tan intensamente que te hayas absorbido en ello por completo?'.

El joven lo pensó durante un rato y contestó: 'Sí, pero sólo con el ajedrez, jugando al ajedrez, he estado tan absorto. Lo adoro y es lo único que me salva. Todo lo demás se ha desmoronado. Sólo el ajedrez continúa aún conmigo y con él paso, a duras penas, el tiempo.' El maestro le contestó: 'Entonces podemos hacer algo. Espera.' Llamó a su asistente y le dijo que fuera a buscar a un monje que había estado meditando durante doce años en el monasterio y que le dijera al monje que trajera un tablero de ajedrez.

El monje fue y trajeron el tablero. Conocía muy poco del ajedrez, pero había estado meditando durante doce años en una celda. Se había olvidado del mundo, del ajedrez y de todo.

El maestro le dijo: '¡Escucha monje! Va a ser un juego peligroso. Si este joven te derrota, aquí tengo la espada que cortará tu cabeza porque no me gusta que un monje meditativo, uno que ha estado meditando durante doce años, sea derrotado por un joven corriente. Pero te prometo que si mueres bajo mi mano, entonces alcanzarás el cielo supremo. No te inquietes.'

El joven se sintió un poco intranquilo y entonces el maestro se volvió hacia él diciéndole: 'Escucha: dices que puedes absorberte en el ajedrez. Implícate ahora por completo porque ésta es una cuestión de vida o muerte. Si eres derrotado, te cortaré la cabeza. Y recuerda que a ti no puedo prometerte el cielo. A este hombre sí, porque irá allí de todas formas, pero a ti no puedo prometerte ningún cielo. Si mueres, irás al infierno. Serás arrojado de inmediato al séptimo infierno.'

Por un instante aquel joven pensó en escapar. Iba a ser un juego peligroso y no había ido allí para eso. Pero lo consideró un deshonor. Era un samurai, el hijo de un guerrero, y escapar de la muerte, de una muerte inminente, no estaba en su sangre. Por eso contestó: 'De acuerdo'.

El juego comenzó. El joven empezó a temblar como una hoja en medio de un temporal; todo su cuerpo temblaba. Empezó a transpirar y un sudor frío recorrió todo su cuerpo. Empezó a sudar desde la cabeza a la planta de los pies. Era una cuestión de vida o muerte... y dejó de pensar, porque siempre que hay una emergencia así no hay ningún pensamiento a mano. Uno piensa por placer. Cuando no hay problema alguno puedes pensar; cuando se presenta un verdadero problema el pensamiento se detiene porque la mente necesita tiempo y cuando hay una emergencia no se dispone de tiempo. Has de hacer algo de inmediato.

La muerte se estaba aproximando a cada instante. El monje empezó a moverse y parecía tan sereno y calmado que el joven pensó: «¡Mi muerte es segura!», pero cuando sus pensamientos desaparecieron, quedó absolutamente absorto en el momento presente. Cuando los pensamientos desaparecieron, también se olvidó de que la muerte le estaba aguardando, porque la muerte es también un pensamiento. Se olvidó de la muerte, se olvidó de la vida y se convirtió en parte del juego. Se quedó absorto, totalmente inmerso en él.